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La realidad de la escuela frente a un niño superdotado
Por Eric Cladellas - España

Asumamos que los padres se han esforzado en educar correctamente a su hijo, y que éste se esta convirtiendo en un niño superdotado cuando llega al colegio. En principio, el colegio debería potenciar su desarrollo aportando el tiempo y la profesionalidad académica que los padres no pueden asumir. Pero en algunos casos, el paso por el colegio puede transformarse en algo nocivo, que dificulta el adecuado desarrollo del niño y hace tambalearse los resultados previamente conseguidos.

Los niños superdotados pueden ser problemáticos en clase. Son niños que comprenden más rápido y mejor, con un espíritu crítico, que necesitan ser convencidos y desean aprender rápida y profundamente. Con su lógica implacable, al abordar un tema nuevo les surgen inmediatamente preguntas que a los demás no se les pasan por la imaginación, y que a veces desconciertan a los profesores y a los adultos que les rodean.

Además cuando los adultos les dan respuestas carentes de argumentos, del tipo "no lo voy a discutir contigo porque eres un niño", "cuando seas mayor lo comprenderás" o "es así porque sí, porque lo digo yo y porque es lo que deberás contestar en el examen" o "no te respondo porque no sé la respuesta", no ocultan el desprecio intelectual que sienten hacia sus interlocutores. Y una vez que un adulto ha perdido ante ellos su credibilidad, es difícil que le respeten o le vuelvan a prestar atención.

Por otra parte, su capacidad de trabajo es enorme, lo que les permite ser rápidos, asociar conceptos distintos entre sí, y la mayoría de las veces creativos. Esto contribuye a que se aburran con gran facilidad en tareas repetitivas. Su rapidez intelectual hace que el ritmo normal de la clase sea aburrido para ellos, por lo que cuando lo que está repitiendo por enésima vez el profesor ya no les interesa, sencillamente dejan de escucharle y fijan su atención en otras áreas más estimulantes para ellos. Pueden ser pensamientos o imaginaciones propias, o pueden ser estímulos del entorno.

Esta falta de atención hace que muchos niños superdotados se manifiesten en clase por su bajo rendimiento académico, ya que cabe el riesgo de que antes de que el niño vuelva a poner atención, el profesor ya haya cambiado de tema sin que el niño superdotado lo perciba.

En otros casos, el niño superdotado al que el lento ritmo de progreso de la clase desmotiva puede encauzar su inteligencia, rapidez y capacidad en contra del profesor, considerando que es más divertido y estimulante observar las reacciones del profesor para aprender a manipularlo, que seguir su discurso lento y desmotivante. Si su carácter le facilita ser el líder de sus compañeros, -raramente esto ocurre- el profesor se puede enfrentar a un verdadero problema, de todos modos, aunque el superdotado no sea el líder, igualmente se encuentra con un problema añadido, al tener que enfrentarse ante un niño al que no entiende ni quiere entender.

Sin embargo, ninguno de los dos supuestos sugiere que el niño superdotado sea despistado o revoltoso por naturaleza, sino simplemente que si el medio no le aporta los estímulos que necesita, él los busca. Una educación correcta debe garantizar el adecuado encauzamiento de esta tendencia. Se haga lo que se haga con el niño superdotado, es indispensable mantenerlo estimulado y evitar que se aburra.

Además, cuando la brillantez y peculiaridad del niño superdotado se manifiesta, los profesores y las autoridades académicas lo pueden percibir como un problema, pues es algo que se sale de la norma y para lo que no hay una clara respuesta estandarizada. Algunos profesores están molestos con ese niño que pregunta sin cesar y no siempre se satisface con las respuestas más adecuadas. Para la administración educativa, es un niño distinto a los demás y, por tanto, un problema burocrático. La administración contempla tres posibilidades ante estos niños: ignorarlos, hacer una adaptación curricular o acelerarlos.

Ignorar a los niños superdotados
Ignorarlos es la solución más barata y cómoda para la administración, por lo que es la preferida para la administración, ya que además no les lleva ningún tipo de esfuerzo, ni ningún tipo de dispensa económica. Consiste simple y llanamente en no hacer nada. Es decir, dejar al niño en la clase que está y despreocuparse de las consecuencias que eso tiene para él.

Esta actitud se justifica y defiende ante los padres, arguyendo que es bueno que los niños se eduquen con compañeros de su misma edad y se acostumbren a que dentro de los grupos clase hay niveles heterogéneos. Por otra parte se intenta tranquilizar a los padres, mediante la mentira, asegurándoles que los profesores ya dan una atención individualizada a cada uno de los niños de una misma clase, por lo que el superdotado recibirá en cada momento, aunque sea distinta a la de los demás, pero no por ser un niño más brillante sino, simplemente, por ser un niño más de la clase.

Estas justificaciones no pretenden otra cosa que ocultar el desinterés de la administración que es incapaz de reaccionar ante la "problemática" que presentan los niños superdotados. Ningún estudio ha demostrado que para los niños sea mejor educarse en grupos definidos estrictamente por la edad, en vez de por áreas de interés o nivel en ellas. A pesar de lo que plantea la LOGSE española, la diferencia entre los niños nacidos entre el 31 de diciembre y el 1 de enero sólo existe en la mentalidad de los burócratas, pero no en el ámbito del desarrollo biológico ni educativo.

Además, es cierto que los grupos definidos estrictamente por edad son heterogéneos, pero no sólo entre los niños, sino también entre los adultos. Si un niño superdotado esta constantemente rodeado por niños de su misma edad pero menos brillantes que él, varias posibilidades pueden darse, pero ninguna es buena para él.

La primera es que él se sienta superior a sus compañeros de clase, esto siempre y cuando no alcancen a tener un complejo de inferioridad en el peor de los casos, por lo que se le hará difícil aprender a superar sus frustraciones puesto que siendo el mejor, no aprende a reaccionar en los casos en los que es vencido. Esta actitud facilita el rechazo y la marginación por parte de sus compañeros de clase.

La realidad es que la persistencia en un ámbito no estimulante frustre su genialidad. Hipócritamente, este fracaso del sistema educativo- que no sólo no ha sido capaz de generar brillantez, sino que ha castrado lo que aparecía espontáneamente- es aducido como argumento a favor de ignorar a los niños superdotados y dejarlos en la clase que por la edad les corresponde. El argumento señala que es innecesario molestarse por los niños superdotados, puesto que con el paso del tiempo estos se normalizan con los demás niños de la clase.

Por último, la referencia a la atención individualizada del profesor dentro del grupo clase puede servir para abusar de la buena fe de los padres, pero es una falacia y un gran disparate. Los profesores están sobrecargados de trabajo atendiendo a demasiados niños, a los que sólo ven unas pocas horas por semana, y tienen que afrontar unos programas de enseñanza inadecuados y extensos. Ante esta situación si deben invertir más tiempo siempre tienen preferencia los niños más lentos, que plantean problemas para el ritmo de progreso del conjunto de la clase, y no con los brillantes. Además, la atención de un niño superdotado requiere una formación más profunda y unos métodos específicos, que los profesores habituales -la gran mayoría- desconocen.


Adaptación curricular
Una adaptación curricular significa profundizar con el niño en todas las asignaturas o en las que despunta mucho más que los demás, manteniéndolo en el curso que le corresponde por edad pero organizando seminarios, actividades o clases adicionales orientadas a profundizar en dichas materias. Una ventaja adicional es que en esas actividades o clases adicionales se reúnen todos los niños que despuntan en este o estos campos -agrupados por nivel e interés, y no por edad-, lo que ayuda a mantenerlos estimulados.

Las desventajas son varias y esencialmente organizativas; poner en práctica este concepto es difícil. En primer lugar, si los seminarios o clases adicionales se realizan en horario escolar, es necesario que se impartan mientras los demás niños reciben la versión "normal" de la o las asignaturas en las que el superdotado despunta más. De otro modo éste perdería formación en algunas asignaturas por profundizar en las que ya despunta y eso tendería a hacerle cada vez más brillante en algunos campos en detrimento de los demás, sesgando su futuro. Sin embargo en la práctica es muy difícil asegurar que una asignatura se está dando a la vez en su versión normal, y ya no digamos si se trata de hacerlo con varias asignaturas.

Otra opción y está es la que llevamos a término en nuestra asociación es organizar estos seminarios o clases adicionales fuera del horario escolar normal. El problema radica en que organizar estos seminarios o clases adicionales fuera del horario escolar le obliga a asistir con sus compañeros a la clase "normal", lo que le resulta poco estimulante por su bajo nivel y le puede incitar a comportarse de un modo inadecuado en clase.

Si se organizan los seminarios en horario académico, la identificación en el seno de la clase de los niños que "merecen" asistir a ellos puede ser mal percibida e interpretada por los demás niños como una muestra de favoritismo y generar rechazo.

Por otra parte, este sistema es especialmente caro, puesto que obliga a organizar un sistema y un programa educativo "a la medida de los niños superdotados", habilitar espacio físico para las versiones "especialmente profundas" de cada asignatura, identificar, contratar y formar a los profesores correspondientes, y, eventualmente, habilitar programas y espacios físicos para las prácticas "avanzadas" de esas asignaturas.

Por último, tanto por el esfuerzo del horario adicional como por el riesgo de rechazo, es muy probable que al cabo de cierto tiempo el niño desee dejar de asistir a esas clases "profundas".

El sistema de adaptación puede tener sentido para niños talentosos, en los que solamente en un área muy determinada destaquen, con dificultades para alcanzar un nivel en el resto de las asignaturas, lo que impide acelerarlos de curso.


Acelerar a los niños superdotados
Acelerar consiste en pasar al curso superior al niño superdotado. Otras formas de acelerar es aceptar al niño antes de la edad establecida para su ingreso en el colegio, o ingresarlo directamente en el curso correspondiente al nivel con el que el niño llega al colegio, y no en el de su edad.

La lógica subyacente es que el curso en el que un niño se halle debe definirse según su nivel de conocimientos y habilidades, y no sólo por su estricta edad cronológica. Por ejemplo es insensato y contraproducente que un niño bien dotado, que sabe leer con cierta soltura antes de los cuatro años, ingrese y permanezca a los seis en una clase cuyo objetivo esencial es aprender a leer y adquirir conocimientos que ya posee.

Acelerar a un niño no supone grandes problemas puesto que al haber sido educado de un modo correcto tiene un nivel que realmente es más acorde con el de niños mayores que con los de su propia edad. El problema está con los niños talentosos en los cuales su nivel es mucho más alto en un área que en las demás, por lo que si avanza de curso puede no dar el nivel en algunas asignaturas. En los superdotados -aunque potencialmente destacan en todas las áreas- también puede darse el caso de que en algunas asignaturas deslumbren más que en otras. No obstante esto no es ningún problema si realmente se hacen las cosas de forma correcta. Hay formas de compensar este riesgo, una sería la postura que nosotros adoptamos en nuestra asociación y que consiste en preparar al niño a alcanzar el nivel necesario en las asignaturas que menos le interesan o destaca. El objetivo es reforzar la dedicación del niño en las áreas que es menos brillante. Tenemos que tener en cuenta, tal como ya he comentado anteriormente, que es normal que un superdotado tenga más facilidad para unas asignaturas que para otras, y que en algunas ocasiones sus resultados académicos sean heterogéneos.

Las ventajas de la aceleración son evidentes: mantiene el estimulo académico del niño, evita que se sienta constantemente superior a sus compañeros -puesto que están agrupados por nivel, y no por edad- y le enseña a superar las frustraciones. Además, no es una opción especialmente cara, puesto que el curso superior existe de todos modos independientemente de que el niño asista a él o no. Pasarle a ese curso sólo supone el esfuerzo y el gasto económico de detectar y valorar su caso. (Esta detección y valoración la realizamos en nuestra asociación, pero lo que realmente sería idóneo es que se hiciese desde la propia escuela). Pero aquí ya nos encontramos con el problema de siempre que los profesionales de la educación no están lo suficientemente preparados para poder llevar a término esta identificación, no obstante la culpa no es de ellos, sino que el problema ya viene de más lejos, especialmente del gobierno.

Algunas opiniones poco informadas aducen que como la maduración del niño social y emotiva no está de acorde a su nivel intelectual, la aceleración puede plantear problemas de relación social o afectiva con los demás niños de la clase. No existen datos fiables ni estudios metodológicos correctos que demuestren ese hecho. En todo caso y aunque fuera cierto, la actitud de los padres y del profesor, así como la de un especialista en estos niños -retando importancia al propio hecho de la aceleración, presentándola como algo divertido y estimulante que permite conocer nuevos amigos y preparando al niño a afrontarlo, puede minimizar muchos de estos problemas. Es más, la observación de las relaciones sociales entre sus nuevos compañeros mayores que él puede ayudar también la aceleración de su maduración social y emotiva. En el peor de los casos, para ello estamos nosotros personas especialistas con estos niños que les podemos hacer de tutor, tal como ya he comentado antes y de psicólogos con el reto de prepararlos psíquicamente, a fin de ayudarles a madurar en todos los ámbitos (habilidades sociales, problemas emocionales, etc…)

Por último, aunque exista el riesgo de inadaptación social transitoria, es evidente que las ventajas de la aceleración superan con creces sus potenciales inconvenientes, especialmente si la única alternativa es ignorar la superdotación del niño. La aceleración a mi modo de entender constituye la mejor opción para el niño superdotado.